I.
Voy a tratar de comenzar, como suele hacerse, por el principio.
Pedro siempre le había resultado atractivo. Morocho, como le gustaba a ella. Alto. Ojos de niño. Mirada seductora. Su negocio, a pasos del suyo, hacían que las visitas fueran casuales, necesarias, imprescindibles, o simplemente, caprichosas.
Ella, con un pasado oscuro de melancolía, estaba logrando sobreponerse, y trabajaba, casi maniáticamente, quizás intentando recuperar el tiempo perdido entre penumbras , tristezas y medicamentos.
Él, con la mochila de los infiernos, que todos conocían.
Los dos sabían, en secreto, que se gustaban. Pero ninguno se arriesgaba a dar un paso en falso. Creo que hasta percibían que sus mundos eran diferentes.
Sin embargo, las miradas casi cómplices eran inevitables, y los dos las esquivaban.
Así, pasaron años.
Un día, como cualquiera, y no cualquiera ( faltaba un día para Nochebuena) es que se reunieron una noche, al fin del trabajo de cada cual, para hablar de un tema bien “excusado”.
Por esas cosas de la vida, el tema en cuestión no hizo su aparición...
Él le contó justamente que estaba “limpio” desde hacía unos meses, y que todo estaba yendo mejor en su vida. Se contaron muchas cosas más. Y comenzaron a contar los días, estando juntos. Así de simple.
II.
Él era muy tierno con ella, muy simple. Generoso, sonrisa amplia, con soluciones siempre a flor de piel, casi antes que se asomara algún problema. Nada de esas promesas del típico “te llamo”, o “vemos”. Para Pedro y Sara todo era muy concreto. Se llamaban, sin anunciarse. Se veían, sin acuerdo previo.
La única cláusula de Sara era que no admitiría un gramo de infierno.
Las noches de ese verano fueron como un limbo para los dos: mate, cigarrillos, música, amor, palabras, confidencias, flores, soles amanecidos...No había promesas. Eran hechos.
Y el amor desarmaba la rutina.
III.
De a poco, muy de a poco, sigilosamente, Sara empezó a percibir alguna mirada sutil. No era la de Pedro. Le preguntó. Exageraba, seguramente.
Pero luego se instaló clara y definitivamente el infierno entre ellos. Cuando ella quiso reaccionar, era muy tarde. Noches sin dormir, de pesadilla. Palabras espinosas. Días casi de luto. Todo se había vuelto insoportable.
Pero Sara, inexplicablemente, seguía allí. Sin aliento, ante ese culto demencial.
Intentó, de mil formas. Lo arrastró a médicos, psiquiatras, grupos, psicólogos... Él siempre prometía ( ahora prometía ). Pero su enfermedad lo arrastraba y jamás cumplía. Y Sara se arrastraba tras él.
IV.
Un día ella dijo “basta”. Armó lentamente su bolso, y se fue. Él...casi no preguntó por qué. Ya lo sabía. Todo había llegado muy lejos.
V.
Los días de ella empezaron a recuperar no digo el brillo, pero sí algo de consistencia. Amigas. Trabajo. Estudio. Pilates. Pelis. Nada de salidas “públicas” por la ciudad. Era obvio que eso no le gustaba, pero además, no quería encontrarlo.
Todavía tenía que digerir todos los ratos malos, esas palabras asesinas, que brotaban de su boca cuando la coca o el alcohol ya no tenían por dónde salir.
De todas maneras, no pasó mucho tiempo sin tener noticias de él. Él llamaba, con alguna excusa tonta, previsible. Y ella preguntaba cómo estás, y qué tal si nos vemos, y dale, y charlaban sin tocarse la piel, con los ojos. Ella regresaba a su casa sabiendo que Pedro no andaba por el mejor camino. Quedaba preocupada. Y comenzó el espiral de te ayudo, te convenzo... Pedro se internó dos veces ese año, Sara de por medio.
Eran amigos. Sara lo escuchaba, Pedro parece que no.
VI.
Suena el teléfono. Ella sabe quién es, y duda en contestar. Finalmente, por enésima vez, lo hace.
“Mirá Pedro, no me llames más hasta el día que DE VERDAD quieras recuperarte. Yo ya no te escucho más”.
Colgó y lloró. Sólo ella sabe cuánto le costó esa frase. Sintió que abandonaba a un mendigo una noche de frío bajo la lluvia. Se sintió poco piadosa, casi sin corazón.
Sin embargo, una especie de calma, muy adentro del alma, empezó a brotar... Y digo una “especie” de calma. Porque sus días, en adelante, se medían en gajos, en fetas, en sorbos. Temía lo peor. Se volvió medio loca, cuando, en medio de la noche la sobresaltaba el sueño de Pedro y su muerte.
VII.
Primeros días de diciembre. Madrugada. Esta vez son balas las que suenan. A pasos del cuarto de Sara. Exactamente en el negocio de Pedro. Su tímpano se desmoronó, y el único pensamiento se repitió en ese sonido. Un eco del pensamiento circular. Noche fatal.
VIII.
Después de unas semanas, otra vez suena el teléfono. Sara atiende y es Pedro: “me quiero enjaular, no doy más!” Sara en realidad dudó mucho de esas palabras. Pero también se había conmovido, quizá por el particular y extraño tono de él en el tubo. “Si de verdad es así, yo te ayudo”.
Atrás sus rencores, sus dientes apretados, su dolor de parto, sus desvelos.
Sólo ella creyó ( y con reticencias ), las palabras de ese niño-hombre en el que se había convertido. O quizá siempre había sido eso.
Hace seis meses que Sara lo acompaña en esta lucha. Difícil para los dos. Con cuentas pendientes. Con temores. Sin certezas ni promesas. Resistiendo con uñas y dientes todas las sentencias de los espectadores que esperan el peor final.
Mirándose y hablando sin tocarse la piel.
Con mucho amor. Así de simple, como al principio.