sábado, 16 de junio de 2007

"LA DONNA CHE PIANGE"

Ella cerraba sus ojos, esperando, sigilosa, que él, por fin, durmiera... Estaba alerta, inquieta, ansiosa. Deliraba con su miedo de que, si se dormía, él saldría a buscarla... Así pasaban las horas, a veces, hasta la madrugada. Despertaba, a duras penas, agotada. Tensa, demacrada, pálida o enferma. Pero, al menos, estaba el alivio de que “esa” noche, él no había estado con ella. Así pasaban los días, uno tras otro. Y recordaba: al principio, no había sido así. Los sorprendía la madrugada, sí. Pero de besos, música, charlas, pasión, risas y hasta proyectos... Ahora todo era diferente. Ya no hubo más tiempo para ella misma. Toda su vida era una descolorida calesita, pero en torno a EL. Y él, montado en su otra calesita, que giraba mucho más velozmente de lo que ella pudiera imaginar. O poder seguir. Se le habían perdido los divinos detalles de la mujer que había sido. Esos rasgos, esos soplos, esas marcas únicas. Ya no lucía su linterna mágica. Ésa con la que lo había enamorado, y hecho rendir a sus pies. En realidad, la vida erótica de esta Cornuda estaba regida por un fuerte tinte de erotomanía. Todo para ella, él. Y un postulado: él me ama, o me querrá siempre; es mío. Esta convicción no la abandonaba jamás. Era inquebrantable. Pero él no se comporta como es debido. (“No sabe lo que hace”). Y así, fue como se quedó sola, bajo la lluvia. Las escenas de celos venían después de una larga meditación sobre los signos. La otra, esa arrastrada, era experta en las artes y oficios. ¿Cómo lograba arrastrarlo tanto hacia ella? ¿Con qué hechicerías lo embrujaba de tal modo que a él no le importara nada? ¿Por qué lo seducía y luego escapaba, haciendo que él sólo quisiera perseguirla? Ella sabía que él no la comprendía, sin embargo se dejaba asesinar por esa otra... Y quedaban rastros de esa otra, su sabor amargo, sus noches desveladas. Esa otra, la cocaína, se mezclaba con su odio.
Ella estaba tan intoxicada como él. Y en su delirio rezaba por rescatarlo.
Nunca se dió cuenta de que a ella nadie la rescataría... La Cornuda estaba presa. De él. De ese otro que había llegado a su vida sin previo aviso, y la había cautivado. Y entonces se pregunta ¿Y vos, sí sabés lo que hacés? Y tarda horas en contestárselo sin ninguna respuesta efectiva. Se levanta y se asoma, como todos los días, al espejo del cuarto de baño; de repente, un rostro la mira. No es ella.