Santiago, además de flores, noches dormidos anudados, sus poemas y eternas cartas, le había regalado, una vez, esta canción a Paz...Y, sin saberlo por entonces, se convirtió luego, con los años, en todo un símbolo de su amor.
De vez en cuando, aún hoy, y sin pensarlo siquiera, ella la canta como un rezo...
Paz nunca volvió a ser la misma después de que Santiago saliera de su vida.
Entendió definitivamente a luchar por su libertad, con una convicción que parecía provenir de un "otro" más allá.
Él sí que amaba los mundos sutiles.
Y nunca persiguió la gloria.
Paz no sólo entendió esto. Se lo clavó en su carne.
Él le mostró que realmente no hay camino...
Que éso no es sólo poesía. Que la vida, como merece ser vivida, "es" poesía.
Y desde entonces no aceptó atajos en su existencia...
Juntos cantaban esta canción en una vieja furgoneta Citroën, recorriendo las orillas de un mar casi tan profundo y eterno como el amor que se tuvieron...
Descubriendo a la vez esos bosques, que, como los años que siguieron, también se vestirían de espinos.
Encontraban, de la mano, arenas de acantilados, grutas llenas de caracolas erosionadas por el paso de tantas olas.
Hasta hoy, Paz las atesora en el cofre con sus otras alhajas, nunca olvidadas en sus tantas mudanzas.
Él era su poeta.
Casi su profeta.
Cuando Paz, ya con la libertad aferrada a su alma y a sus huesos, quiso emprender un sendero nuevo, un sueño largamente anhelado, Santiago puso obstáculos.
(Los dioses, una vez caídas sus religiones, devienen demonios!)
Ella no entendió. No perdonó tampoco.
En silencio, sin reproches, sin gritos, Paz se levantó del banco de la plaza y caminó, sin mirar atrás, hasta su casa.
No hubo llanto. La tristeza y desilusión contuvieron sus lágrimas.
Él, por su parte, emprendió un largo viaje.
Los dos empezaron a vivir sabiendo que se amaban. Que siempre se amarían...
Pero que con eso no bastaba.
Él volvió a su mar.
Ella, a su río.
Y pasaron varios años.
También, como el poeta de su canción, Santiago murió. Lejos de Paz.
A ella, la noticia, le llegó casi por casualidad.
Y llorando los mismos mares que juntos habían recorrido, recordó una promesa que calmó sus incontenibles lágrimas.
Ese amor no volvería a repetirse.
Él lo había jurado...
Miró al cielo, sin saber dónde buscar...
secó su rostro,
agradeciéndole haber sido su primer gran amor.
Y el haberle enseñado
el significado cabal
de la eterna canción...
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